La domótica puede ayudarnos a consumir menos energía sin tener que estar pendientes todo el día de apagar luces, bajar la calefacción o desconectar aparatos.
La clave está en usar la tecnología para adaptar el consumo a nuestras rutinas. Si una habitación queda vacía, podemos apagar sus luces. Si abrimos una ventana, podemos detener la climatización. Y si nos vamos a dormir, podemos cortar la alimentación de los equipos que siguen consumiendo en standby.
Con una instalación bien planteada, el ahorro en la factura eléctrica puede llegar a rondar el 30 % en algunos casos. El resultado dependerá del consumo previo de la vivienda, nuestros hábitos y los sistemas que automaticemos.
La domótica nos permite controlar instalaciones y dispositivos de casa según horarios, presencia, temperatura o consumo.
Esto evita uno de los problemas más habituales en una vivienda: usar energía cuando no hace falta.
Podemos, por ejemplo:
Definimos unas reglas y el sistema se encarga de ejecutarlas.
No existe un porcentaje de ahorro igual para todas las viviendas. Una casa con un gasto elevado en climatización tiene un margen distinto al de una vivienda que ya cuenta con buenos hábitos de consumo.
Para conseguir ahorrar, antes debemos saber dónde estamos gastando más.
La monitorización energética nos ayuda a ver el gasto de la vivienda y, según el sistema instalado, incluso el de determinados equipos.
Eso nos permite detectar situaciones fáciles de corregir:
Antes de instalar dispositivos sin ningún criterio, conviene identificar dónde existe un potencial de ahorro.
La calefacción y el aire acondicionado pueden representar una parte importante del consumo doméstico.
Con un termostato programable podemos adaptar la temperatura a nuestras rutinas. Por ejemplo, podemos mantener la vivienda a 20 °C cuando estamos en casa y reducir o apagar la climatización cuando no hay nadie.
También podemos programar horarios para evitar que el sistema funcione durante horas sin necesidad.
Hay una situación tan común como poco eficiente: tener una ventana abierta mientras funciona la calefacción o el aire acondicionado.
Podemos evitarlo instalando sensores de apertura.
Si el sistema detecta una ventana abierta, puede detener la climatización. Cuando volvamos a cerrarla, recuperamos el funcionamiento establecido.
Es una automatización sencilla y muy útil para reducir pérdidas de energía.
Cambiar las antiguas bombillas por iluminación LED ya supone una mejora. Con la domótica podemos ir un paso más allá.
Podemos regular la intensidad de las luces según la cantidad de iluminación natural que recibe cada estancia.
Si entra suficiente luz por las ventanas, reducimos la intensidad. Cuando cae la tarde, la aumentamos.
Así evitamos mantener las bombillas al 100 % cuando no es necesario.
Pasillos, distribuidores, baños y zonas comunes son buenos lugares para utilizar sensores de presencia.
El funcionamiento es sencillo:
Nos olvidamos así de esas bombillas que pueden quedarse encendidas durante horas por un despiste.
Un televisor apagado con el mando puede seguir consumiendo electricidad. Lo mismo ocurre con videoconsolas, equipos de sonido y otros aparatos.
Es lo que conocemos como consumo en standby o consumo en espera.
Los enchufes inteligentes nos permiten establecer horarios para cortar la corriente por completo.
Por ejemplo, podemos apagar cada noche el enchufe que alimenta el televisor, la consola y sus accesorios y volver a activarlo por la mañana.
Una de las funciones más interesantes de la domótica es poder consultar qué ocurre con nuestro consumo.
Podemos detectar qué equipos gastan más, encontrar hábitos poco eficientes y comprobar si los cambios que hemos realizado están dando resultado.
La domótica deja así de ser una colección de dispositivos conectados y pasa a convertirse en una herramienta para tomar decisiones sobre nuestro consumo.
No necesitamos automatizar toda la vivienda de golpe.
Podemos empezar por aquello que más impacto tenga en nuestra factura.
Si queremos empezar con una inversión contenida:
Si nuestro mayor gasto está en calefacción o aire acondicionado:
Si queremos conocer mejor nuestro consumo:
La instalación debería partir de nuestras necesidades y del uso real de la vivienda.
Puede merecer la pena cuando elegimos sistemas capaces de corregir consumos que se repiten todos los días.
Ahorrar unos minutos de iluminación parece poco. También lo parece evitar una hora de calefacción innecesaria. Cuando estas acciones se repiten durante meses, su efecto en el consumo crece.
Además, ganamos comodidad. Podemos mantener una temperatura estable, controlar equipos desde el móvil y automatizar tareas que antes dependían de que nos acordáramos.
Por eso, cuando planteamos una instalación domótica, conviene pensar primero en qué queremos controlar, cuánto consume y cuándo lo utilizamos.
Dependerá de nuestra vivienda, nuestros hábitos y los equipos que controlemos. En determinados casos, el ahorro puede acercarse al 30 % del consumo eléctrico, aunque no debemos entender esta cifra como un resultado garantizado.
Depende de dónde concentremos el consumo. Si gastamos mucho en climatización, un termostato y los sensores asociados pueden tener más impacto. Si nuestro problema son luces y aparatos encendidos, sensores y enchufes inteligentes pueden ser un buen punto de partida.
Sí. Existen sistemas que pueden incorporarse a viviendas existentes sin tener que plantear una automatización integral de toda la casa. Lo importante es estudiar qué queremos controlar y elegir una instalación acorde con ello.
Sí. Los dispositivos necesitan energía para funcionar, aunque su objetivo es ayudarnos a gestionar mejor consumos mucho mayores. Por eso debemos valorar cada sistema por el ahorro y el control que puede aportar al conjunto de la vivienda.
Antes de llenar la casa de dispositivos inteligentes, conviene tener claro qué queremos mejorar.
En Grupo Jarama podemos estudiar los principales consumos de la vivienda, valorar qué automatizaciones tienen sentido y plantear una instalación adaptada al uso diario de cada espacio.
Porque ahorrar con domótica no consiste en conectar más aparatos. Consiste en utilizar la energía cuando hace falta y evitar gastarla cuando no la necesitamos.
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